La ciudad de Chiguayante, con sus más de 85.000 habitantes, se asienta sobre la llanura de inundación del río Biobío y las terrazas aluviales que moldean su geografía. La interacción entre estos depósitos fluviales y los suelos de origen volcánico define un perfil estratigráfico heterogéneo, donde la profundidad de la napa freática varía estacionalmente y alcanza sectores a menos de dos metros de la superficie. Esta configuración, combinada con la alta sismicidad de la zona —Chiguayante está apenas a 40 km de la costa y es parte del margen activo chileno—, obliga a que cualquier proyecto de construcción parta por un estudio de mecánica de suelos riguroso. No basta con una simple inspección: la presencia de lentes de arena suelta en zonas bajas y arcillas expansivas en los lomajes periféricos exige una caracterización geotécnica precisa. Es la única forma de anticiparse a asentamientos diferenciales o problemas de capacidad de soporte que después cuestan caro. Para terrenos cercanos al río, combinamos el análisis con un ensayo CPT que permite perfilar el subsuelo sin alterar las muestras, detectando capas blandas que un sondeo tradicional podría pasar por alto.
En terrenos ribereños de Chiguayante, obviar el potencial de licuefacción puede comprometer la integridad estructural incluso con una cimentación aparentemente sobredimensionada.
